

Cuando el riesgo deja de ser natural y se vuelve social
Recientemente tuve la oportunidad de participar en un taller sobre la Lista Roja de Ecosistemas organizado por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Y, como suele pasar en estos espacios, fue durante el almuerzo —en medio de conversaciones entre colegas sobre distintos temas— donde surgió una reflexión que no puedo dejar pasar: el impacto creciente de las lluvias torrenciales en la ciudad de Santo Domingo.
Lo que antes podía percibirse como eventos aislados, hoy comienza a consolidarse como un patrón. No podemos predecir con exactitud cada episodio de lluvia extrema, pero sí sabemos que están ocurriendo con mayor intensidad y frecuencia. Y, más importante aún, sabemos quiénes serán los más afectados.
En la ciudad existen comunidades asentadas en zonas altamente vulnerables: márgenes de ríos, cañadas y áreas propensas a inundaciones. Estos espacios, muchas veces ocupados por necesidad, han dado lugar a cinturones de pobreza donde el riesgo no es una posibilidad, sino una certeza. Cuando llegan lluvias intensas —como las que se pronostican para esta semana— el impacto no es equitativo: golpea primero y más fuerte a quienes menos tienen.
En esas conversaciones informales, algo quedó claro: este ya no es un tema exclusivo del ámbito técnico o científico. Poco a poco ha ido escalando hacia los tomadores de decisiones. Eso es positivo. Sin embargo, la acción concreta —especialmente en términos de infraestructura resiliente y planificación urbana— aún no avanza al ritmo que exige la realidad.
Se evidenció la necesidad urgente de crear comisiones operativas capaces de traducir el conocimiento técnico en soluciones reales: sistemas de drenaje eficientes, ordenamiento territorial, soluciones basadas en la naturaleza y, sobre todo, intervenciones que protejan vidas.
Como biólogo, no pude evitar hacer una reflexión personal. Cuando el objeto de conservación son los ecosistemas, trabajamos con patrones relativamente predecibles. Pero cuando el objeto de conservación son las personas, todo se vuelve más complejo. Las decisiones humanas, la desigualdad, la necesidad y la cultura hacen que la gestión del riesgo sea mucho más desafiante. Como decimos en buen dominicano: “bregar con gente” es otra cosa.
Y, sin embargo, ahí está el verdadero reto.
Hoy, ante nuevos avisos de lluvias intensas, debemos reconocer que el problema ya no es solo climático, es social. La vulnerabilidad no está únicamente en la lluvia que cae, sino en dónde y cómo vivimos.
Prepararnos no es opcional. Es urgente.
Porque cuando el agua llegue —y llegará— no todos la enfrentaremos en igualdad de condiciones.